Evidencias del laberinto
El médico, con su delantal manchado y las mangas aún húmedas de la morgue, entra acompañado de un grupo de estudiantes ansiosos por aprender como asistir a un parto. Vienen directamente de una autopsia, sus manos todavía impregnadas de los restos de su lección matutina. Sin ceremonia, se acercan a la parturienta, sitúan sus manos firmes sobre su vientre y asisten al nacimiento con la misma naturalidad con la que, justo antes, habían diseccionado un cadáver. No es la escena de una película de terror, es la atención al parto recibida en el Hospital General de Viena, institución sanitaria de referencia en Europa a mediados del siglo XIX, y donde una de cada cinco madres moría de fiebres tras dar a luz.
Estas muertes eran una realidad asumida e inamovible para el cuerpo médico del hospital, menos para Ignaz Semmelweis que cuestionó la costumbre de ir de un cadáver a un parto sin limpiarse las manos. En 1847, aún faltaban catorce años para que Pasteur publicara su Teoría Germinal de las Enfermedades; Semmelweis impuso en su sala de maternidad una medida a todas luces absurda: lavarse las manos con una solución de cloro antes de tocar a una paciente. Las tasas de mortalidad por fiebre puerperal cayeron dramáticamente, un resultado inmediato y sostenido en el tiempo, una evidencia científica sólida e incontestable. Un gran logro para salvar vidas que fue, sin embargo, recibido con escepticismo por sus colegas.
Escepticismo fruto del rechazo a lo que desafía nuestros prejuicios para negar la evidencia que se muestra inequívoca ante nuestros ojos. ¿Cómo podríamos ser nosotros, los que nos consideramos los guardianes de la salud, los responsables de la enfermedad de las puérperas? La soberbia prevaleció sobre la vida de mujeres jóvenes y de los huérfanos que dejaban atrás. En la lucha contra este sinsentido, el mismo Semmelweis perdió no sólo la batalla contra el absurdo, sino su propia salud mental para acabar ingresado en un psiquiátrico donde terminó sus días.
La historia de la humanidad está plagada de este rechazo a la evidencia que perturba nuestros prejuicios, por mucho que ésta sea obvia. Los discípulos de Pitágoras no podían aceptar la existencia de un número que no se puede expresar como la fracción de otros dos. Cuando Hippasus de Metaponto les demostró que este era el caso de la raíz cuadrada de dos, nos cuenta Sexto Empírico, que los pitagóricos, ante esta evidencia incontestable, tomaron la muy civilizada decisión de arrojarlo al fondo del mar. La rigidez mental del momento no permitió aceptar que los planetas se mueven alrededor del Sol o que la sangre fluye por nuestras venas, e hizo con Copérnico y Servet lo mismo que con Semmelweis e Hippassus.
Aunque estos ejemplos puedan sonar al pasado, negar la evidencia parece ser un pasatiempo humano que trasciende siglos. La administración Trump está institucionalizando la hostilidad hacia la ciencia de maneras que habrían hecho sentirse comprendido a Semmelweis. Científicos despedidos, datos eliminados, agencias enteras reducidas al silencio. La “National Oceanic and Atmospheric Administration” (NOAA), institución encargada de monitorear el clima y los océanos, está siendo sometida a un hostigamiento sin precedentes, incluyendo la salida de cientos de empleados en lo que llevamos del 2025 (1). Las voces y evidencias que advertían sobre el cambio climático están siendo calladas o simplemente eliminadas del organigrama (2). ¿Se ha parado con esto el cambio climático? ¿Las sequías, los incendios, las tormentas cada vez más violentas se van a detener por decreto presidencial? En el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), se están borrando bases de datos, como si hacerlo hiciera desaparecer los problemas que reflejaban (3). El punto tragicómico de este absurdo es que China parece estar contratando a muchos de estos expertos para reforzar su propia economía y liderazgo en ciencia y tecnología. Mientras unos se esfuerzan en borrar la evidencia, otros la utilizan para adelantarse en la carrera global (4).
Evidencias atendidas, o quizás no tanto
Afortunadamente, España parece caminar en otra dirección y la ciencia tiene una aceptación masiva en la sociedad. Aunque aún existe un 4% de españoles que cree firmemente que la tierra es plana y un inquietante 30% que afirma que la posición de los astros determina lo que ocurre en su vida diaria, el 82% afirma que la ciencia guía su toma de decisiones (5). La vieja historia de las dos Españas parece haberse reciclado en una versión moderna más extravagante, confiamos en la ciencia para nuestra salud, pero seguimos mirando el horóscopo cuando buscamos pareja.
Las diversas encuestas realizadas evidencian que en España la ciencia goza de un gran prestigio social. No sólo vemos a los científicos como expertos cualificados que trabajan por el progreso común, sino que, además, la mayoría de los ciudadanos cree que sus voces deberían ser escuchadas por los políticos a la hora de tomar decisiones; en un gesto de madurez social que, además, defiende que la ciencia debe mantenerse independiente del poder (6). Esta admiración no es sólo una cuestión de percepción social, los números lo confirman. España ocupa el puesto 11 en el ranking mundial de producción científica (7) y, lo que es aún más interesante, es singularmente productiva y eficiente en el uso de sus recursos. En 2022, nuestros investigadores publicaron 258 estudios por cada 100.000 habitantes, superando a países como Estados Unidos con un número de 217. Si hablamos de eficiencia económica, la diferencia es aún mayor: por cada millón de dólares invertidos en investigación, España produce seis publicaciones científicas, mientras que los EE. UU. no alcanzan ni una (8).
Si España es tan productiva en ciencia y su sociedad valora tanto el conocimiento, cabría esperar que fuéramos un modelo a seguir en la aplicación de la ciencia para generar riqueza y bienestar social. La realidad es más compleja. Paradójicamente, el mismo impulso que ha convertido al país en una potencia publicadora parece haber creado neoplasias de autoconsumo en la comunidad académica. Neoplasias que desconectan la ciencia de su aprovechamiento por parte de la sociedad. El sistema de incentivos que rige la investigación pública desde hace décadas ha empujado a los científicos a centrarse en cumplir métricas formales de productividad que les permitan progresar en su carrera profesional. Esto ha disparado la cantidad de artículos científicos, pero a menudo sin un vínculo claro con las necesidades del tejido empresarial o de la ciudadanía. Es una paradoja: producimos más ciencia que nunca, pero parece que no sabemos muy bien qué hacer con ella.
Tanto es así que la reforma de la Ley de la Ciencia de 2022 (9) marcó como objetivo prioritario potenciar el uso social de los resultados de investigación, un propósito que recibió un apoyo unánime en el Congreso, con 279 votos a favor y ni un solo voto en contra. La transferencia al sector privado está fuertemente lastrada porque nuestra potencia investigadora no se traduce en potencia innovadora. Ocupamos el puesto número 28 en el ranking mundial de innovación (10) y nuestro coeficiente de invención (patentes solicitadas por cada cien mil residentes) tiene un valor de 2,38 frente a más de 75 en EE. UU. (8). La situación es especialmente crítica en España, pero con problemas y soluciones compartidos con el resto de la UE, tal y como ha sido diagnosticado por la OCDE (11) en un análisis profundo y detallado que contiene sugerencias clave para salir de esta situación. Entre ellas destacan la necesidad de disminuir las trabas administrativas para la colaboración y aumentar el conocimiento mutuo entre lo público y lo privado (11).
La proyección del conocimiento científico sobre la administración no está en España en una situación tan desfavorable, más bien parece que tenemos una posición de ventaja sobre nuestro entorno europeo (12). En nuestro país se ha dado un paso importante en la institucionalización de la ciencia en la política con la creación de la Oficina de Ciencia y Tecnología en el Congreso (Oficina C), un hito que responde a la necesidad de integrar el conocimiento científico en el diseño de políticas públicas. La creación de esta oficina en el Congreso se benefició del impulso de Ciencia en el Parlamento, una iniciativa que arranca de un pequeño grupo de científicos con el objetivo de promover que la ciencia y el conocimiento científico sean una de las fuentes de información en la formulación de propuestas políticas en el parlamento. Esta iniciativa actuó como catalizador sobre un substrato social muy favorable a la ciencia en nuestro país, recibiendo el respaldo de los medios de comunicación y organizaciones clave como la Presidencia del Congreso o la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT). España es de los pocos países que cuentan con un órgano como la Oficina C, que ha empezado a desarrollar informes sobre temas relevantes, organizando también programas de formación y encuentros entre parlamentarios y científicos, convirtiéndose en una pieza clave en el ecosistema español de ciencia aplicada al diseño de políticas públicas (13).
La creciente aceptación de la ciencia en los más altos estamentos de la administración pública, en el núcleo mismo de la soberanía nacional, constituye un hito que merece ser reconocido con satisfacción por la ciudadanía española. Sin embargo, este avance también plantea la necesidad de reflexionar acerca de las razones por las cuales esta integración no se ha consolidado de manera homogénea en todos los niveles de la administración y en el conjunto de la sociedad, a pesar de la percepción tan positiva que nuestra población tiene de la ciencia.
El texto que sigue no pretende ofrecer un análisis exhaustivo, sino compartir cuatro puntos de reflexión tras cuatro décadas de trayectoria profesional en un ámbito en el que la ciencia desempeña un papel cada vez más determinante: la sostenibilidad del mar y sus recursos.
1. La ciencia del ombligo
Nos dan un martillo y nos dicen que nuestro futuro depende de cuántos clavos podemos clavar al día, no importa si los clavos sujetan algo útil o no. Si cambiamos los clavos por artículos científicos, tendremos una buena imagen de cómo ha funcionado la carrera investigadora durante las últimas décadas. La ciencia debería ser una aventura intelectual que busca respuestas a preguntas fundamentales, pero en la práctica, muchos investigadores han terminado atrapados en una mecánica donde lo que importa no es tanto qué descubres, sino cuántos artículos publicas.
Durante años, la promoción y estabilidad laboral de los científicos ha dependido casi exclusivamente de números como el índice h, que mide la cantidad de publicaciones y citas (13). Lo curioso es que el propio creador de este índice, Jorge Hirsch, ha señalado sus limitaciones y ha indicado que no refleja la calidad del trabajo ni la creatividad de un investigador. Sin embargo, este sistema ha dominado el panorama académico, siendo común ver en los tribunales de evaluación hojas de Excel donde se cuentan las publicaciones como si fueran cromos y utilizar “números mágicos” como clave para proporcionar estabilidad y reconocimiento profesional a los investigadores.
El resultado de este enfoque ha sido una avalancha de artículos que, en muchos casos, no aportan un avance de conocimiento. Han aparecido fenómenos aberrantes como las “publicaciones salami”, donde los investigadores dividen un solo estudio en múltiples artículos para aumentar el recuento de publicaciones (14). Otro ejemplo son los “club de citas”, una práctica que no tiene nada que ver con sitios de perdición sino con la formación de redes de investigadores que se citan mutuamente entre sí para aumentar su impacto bibliométrico (15).
La situación ha llegado a un nivel tal que un estudio reciente ha identificado a miles de investigadores que publican al menos un artículo cada cinco días (16). ¿Qué significa realmente este ritmo de publicación? La ciencia requiere de un proceso meticuloso que incluye: el diseño experimental, su ejecución, el análisis exhaustivo de los resultados y su comparación con otras evidencias para situar todo este conjunto en un marco conceptual que proporcione una explicación racional. Todo esto, ¿realmente se puede llevar a cabo de manera adecuada cada cinco días? Pensemos en un periodista que, siendo prolífico, publica un artículo de opinión cada semana; muchos científicos, sin embargo, están produciendo más de lo que un periodista haría en ese tiempo, y no en forma de simples opiniones, sino como artículos que pretenden aportar evidencia científica sólida. Sin ninguna duda, este ritmo de publicación conlleva falta de profundidad y degrada el rigor científico a algo que se asemeja más a una opinión poco reflexionada que a una investigación genuina y creadora de conocimiento nuevo. Aunque la situación está cambiando con movimientos como la Declaración de San Francisco sobre Evaluación de la Investigación (DORA) (17), la inercia de décadas de cosificación numérica sigue siendo difícil de superar.
Y mientras tanto, sigue existiendo una distancia importante entre la producción científica y su impacto real en la sociedad. Una gran parte del conocimiento generado en nuestros centros de investigación nunca ha tenido contacto con la toma de decisiones, a pesar de que podría ser importante en la resolución de problemas. Esto hace que mucha de la actividad científica sea opaca a la sociedad civil. ¿Cómo pueden agentes externos al mundo académico distinguir el conocimiento del “relleno” para cumplir con las exigencias del sistema? Si incluso los propios científicos tienen dificultades para navegar este océano de publicaciones, no es de extrañar que el mundo académico sea percibido por el resto del mundo como valioso, pero al que es difícil acercarse en busca de apoyo en la resolución de problemas.
2. Que inventen ellos
Esta lapidaria frase de Unamuno (18) parece haber caído como una losa sobre la percepción que tiene nuestra sociedad de su propio corpus científico. Aunque originalmente fue una crítica irónica a la dependencia cultural de modelos extranjeros, con el tiempo ha sido convertida en un símbolo del supuesto desinterés de España por la investigación y la innovación. Esta visión distorsionada ha contribuido a consolidar una minusvaloración del sistema científico español por su ciudadanía.
Existe un llamativo desequilibrio entre el reconocimiento que la sociedad española otorga a sus creadores culturales —escritores, músicos, cineastas o actores— frente al conocimiento, mucho más limitado, que tiene de sus científicos e investigadores. Mientras nombres como Serrat, Almodóvar o Antonio Machado forman parte del imaginario colectivo y gozan de un amplio reconocimiento mediático, figuras como Margarita Salas, Ramón Margalef u Odón de Buen siguen siendo desconocidas al conjunto de la población, a pesar de su prestigio internacional y sus contribuciones decisivas al conocimiento global. Este contraste no implica una sobrevaloración del arte, sino una infravaloración sistemática de la ciencia como valor cultural de nuestro país, con una escasa visibilidad pública de nuestros logros científicos que, en gran medida, permanecen invisibles a la sociedad.
Son muchos los ejemplos que ilustran esta situación, quizás uno de los más mediáticos se dio en 2013 con la crisis de El Castor (19). El proyecto Castor consistía en un almacén submarino de gas frente a las costas de Vinaròs (Castellón), cuya actividad se relacionó con más de 500 seísmos en la zona en 2013. El diseño del propio depósito parece que ya se realizó sin contar con los órganos expertos con los que cuenta el estado, como el Instituto Geológico y Minero, que hubiera advertido de los riesgos antes de realizar una inversión milmillonaria. Una vez la crisis estalló, la comunidad científica española pudo escuchar al ministro del ramo afirmar sin rubor que para resolver la situación creada se “buscarían a los mejores expertos internacionales”. Era imposible que, en ese momento, la frase de Unamuno no resonara con componentes de humillación entre los académicos españoles. Nuestro propio gobierno desconocía que precisamente algunos de esos referentes internacionales de la geología marina son españoles. En algunos casos liderando organizaciones científicas multinacionales, en una muestra de reconocimiento global que desconocía el gobierno de su propio país incluso cuando más lo necesitaba.
En España, la desconexión entre la comunidad científica y la sociedad civil limita el aprovechamiento del vasto corpus de conocimiento disponible en ámbitos como la administración pública, el sector empresarial, las organizaciones no gubernamentales (ONGs) y el ámbito judicial. La tendencia umbilical del mundo académico favorece la desconexión y dificulta que actores externos conozcan y accedan a los recursos científicos disponibles. También impide al mundo académico tener un conocimiento más cercano de qué es lo que la sociedad civil necesita.
Es fácil para la sociedad civil perderse en el laberinto académico. También es difícil para el mundo académico salir de ese laberinto para conectar con la sociedad civil. Hay un vacío entre los dos mundos que es difícil de superar y que probablemente hace necesario en nuestro país el desarrollo de los «bróker científicos», que actúen como intermediarios entre el mundo académico y la sociedad civil. El bróker científico no es el productor ni el consumidor del conocimiento científico que se intercambia, sino quien hace posible que ese valor circule entre dos partes que, por sí solas, difícilmente establecerían una relación directa y eficaz. Cualquier acción en este ámbito, está sembrando en un terreno muy fértil, con dos sociedades, la civil y la académica, muy pujantes, que se necesitan, pero que no se conocen bien.
3. Una de ciencia, por favor
En ocasiones, la relación de algunos actores sociales con la ciencia resulta, sencillamente, absurda e incluso cómica. Acuden al mundo académico en busca de un diagnóstico, pero condicionándolo de antemano a que los resultados sean los que benefician a sus propios intereses. Este ejercicio de “ciencia a la carta” es un armónico de la historia de Semmelweis, es decir, la negación de la evidencia científica en favor de elementos ajenos al conocimiento. No existe un interés genuino por entender o ampliar el saber; únicamente se busca el aval de una institución académica que legitime decisiones.
Sin embargo, en ámbitos de la actividad humana como el científico o el judicial la independencia es la esencia misma de su razón de ser. No es tan grande la distancia entre los juicios presididos por Roland Freisler o Andréi Vyshinski y aquellos episodios en los que científicos, presionados o complacientes, afirmaron que el tabaco no afecta a los pulmones (20), que los combustibles fósiles no alteran el clima (21), que los opiáceos no generan adicción (22) o que el exceso de azúcar no daña la salud (23). En ambos, la falta de independencia se ha pagado con vidas humanas.
En el ámbito de las ciencias ambientales, lamentablemente, estos ejemplos son frecuentes. Aunque se trata de una fracción pequeña, existe una parte de la comunidad científica dispuesta a jugar este juego, generalmente a cambio de financiación inmediata para sus proyectos de investigación, aun a costa de perder el reconocimiento de sus pares. Esta situación es más común a escalas locales, donde la ausencia de un contraste académico robusto facilita afirmaciones que no soportarían el debate científico. A lo largo de su trayectoria, quien esto escribe ha sido testigo de supuesta evidencia académica que sostenía, por ejemplo, que cerrar un estuario en su desembocadura no tendría efectos significativos sobre el ecosistema, que el vertido de aguas residuales sin tratar no impacta en los ecosistemas marinos, que las infraestructuras asociadas a las desalinizadoras beneficiarían a las comunidades bentónicas costeras, o que los aerogeneradores facilitan la migración de las aves. También ha sido testigo de cómo, sistemáticamente, la inversión financiera realizada por agentes interesados en generar esa evidencia acomodaticia a sus intereses se ha perdido cuando un debate más amplio ha desmontado falacias mediante el rigor científico.
A menudo, la manipulación de la evidencia científica no se limita a financiar estudios favorables. Frecuentemente incluye el hostigamiento o la persecución directa de los autores de informes científicos independientes que perjudican a sus intereses. El gobierno de Donald Trump constituye un ejemplo paradigmático de esta dinámica a gran escala, pero este fenómeno también se reproduce en ámbitos más discretos. Se trata de un terreno compartido entre el mundo académico y el judicial. Ambos contienen un marco racional complejo cuya transmisión a la sociedad no siempre resulta sencilla, pero que es el fruto de siglos de desarrollo y es esencial para la coherencia interna de sus respectivas disciplinas. Esta dificultad para transmitir a públicos amplios la estructura heurística sobre la que se basa una evidencia sitúa a los académicos independientes en una posición vulnerable frente a la sociedad, a la que le resulta difícil distinguir entre la ciencia rigurosa y la acomodaticia.
Sin embargo, nuestra gestión ambiental se desarrolla en el marco legal de la Unión Europea, en el que carece de lógica pretender engañar a la sociedad mediante «estudios a la carta» que proporcionan un supuesto aval académico a una actuación que afecta a los ecosistemas. La posibilidad de recurrir a instancias superiores favorece una revisión rigurosa de la inconsistencias y debilidades de informes supuestamente científicos. En este marco jurídico y en pleno siglo XXI, resulta paradójico que algunos actores sociales consideren aceptable financiar investigaciones orientadas a negar evidencia científica sólidamente establecida. Sin embargo, esta situación no es tan excepcional en la relación entre organizaciones —tanto públicas como privadas— y el mundo académico vinculado al análisis de los ecosistemas. Tampoco son infrecuentes los intentos de «quemar en la hoguera pública» —esta vez mediática, no de madera como en tiempos de Miguel Servet— a investigadores independientes.
4. El programa espacial de Zambia
En la década de los sesenta del pasado siglo, los EE. UU. y la URSS competían sin cuartel por el dominio del espacio. En medio de esta confrontación apareció, al menos así se percibía a sí mismo, un nuevo y pujante actor en la carrera espacial, la recientemente independizada nación de Zambia. Bajo la voluntariosa y visionaria dirección de Edward Makuka Nkoloso – fundador de la Academia Nacional de las Ciencias, la Investigación Espacial y Filosofía de Zambia – en lugar de ingentes recursos se invirtió toda la imaginación posible para desarrollar capacidad aeroespacial. La idea era enviar a una afronauta, como ellos mismos la denominaban, a Marte, donde afirmaban tener evidencias de la existencia de habitantes primitivos, acompañada de dos gatos y un misionero. Antes de amartizar, se lanzaría uno de los gatos y, si sobrevivía, entonces la afronauta descendería al suelo marciano. La ausencia de simuladores de vuelo, piscinas gigantes, vuelos parabólicos o centrífugas humanas se sustituía con imaginación. Columpios para simular micro gravedad y toneles donde se introducían los aspirantes a afronautas y se lanzaban ladera abajo para someterlos a las vibraciones y movimientos bruscos del despegue y amartizaje. Esencial en esta fase de entrenamiento era aprender a andar con las manos porque, por alguna razón, era así como había que desplazarse en los astros de nuestro sistema solar. Por último, la nave (el bidón) espacial se lanzaría hacia el espacio exterior mediante una gran catapulta diseñada a tal efecto.
La obstinación y el empeño de Nkoloso merece una profunda admiración por el esfuerzo en superar las dificultades inherentes a alcanzar una meta ambiciosa. Nkoloso era una persona cultivada y, probablemente, su meta última era ofrecer la ilusión de esa meta a un grupo de adolescentes. Sin embargo, esta historia, por muy rocambolesca que parezca, con sus desarrollos extravagantes que los involucrados saben estériles, pero mantienen por otras razones, no es una solución tan extraña a la ciencia cuando se enfrenta a desafíos que la superan.
La organización en forma de programas hace a la ciencia entrar con facilidad en fases degenerativas (24). Cuando un programa afronta evidencias que no puede explicar en su marco conceptual comienza a acumular elementos artefactuales que no predicen hechos ni guían hacia descubrimientos fructíferos, sino que simplemente se introducen como parches para conservar el apoyo institucional y financiero. En este punto, la investigación continúa no por su capacidad explicativa, sino porque funciona como un ritual de justificación ante presiones sociales, políticas o económicas
Hay una cierta falta de honestidad en este proceso, pues los científicos involucrados terminan siendo conscientes de la esterilidad del programa en el que se encuentran, pero que no pueden abandonar tras una vida de dedicación al mismo. La necesidad que tiene la sociedad de encontrar soluciones a sus problemas mediante el uso de la ciencia, y en especial ante la crisis medioambiental en la que se encuentra inmerso el planeta, es un terreno muy fértil para esta situación. Quisiéramos tener un modelo mecanicista que utilice la ciencia para predecir cual va a ser la evolución de sistemas que son intrínsecamente inciertos. Este es el caso de los ecosistemas, necesitamos predecir su evolución frente a modificaciones climáticas o de carácter más local como construir una carretera, ampliar un puerto o emitir una sustancia química a la atmósfera, Después de todo, somos capaces de implementar las leyes de Newton para lanzar naves espaciales a Marte, y que realicen allí análisis químicos a 225 millones de kilómetros, ¿cómo no vamos a ser capaces de predecir la dinámica de un ecosistema que tenemos ante nosotros? Pero el comportamiento de los ecosistemas, como en otros ámbitos de la naturaleza, no resiste con facilidad análisis mecanicistas.
Sería estupendo poder representar los ecosistemas como un conjunto de piezas que se unen entre sí mediante ecuaciones diferenciales. Si necesitamos evaluar el impacto del hombre sobre el ecosistema, modificamos las piezas o los procesos que las unen, le damos al botón de simular y obtenemos una respuesta. Sería ideal para los gestores que podrían predecir con precisión las consecuencias de sus decisiones frente a una sociedad que es crecientemente sensible al buen estado de sus ecosistemas. Desafortunadamente, la ciencia actual no es capaz de proporcionar estas herramientas.
Sin embargo, la necesidad, la presión social y la financiación que los gobernantes están dispuestos a invertir para tenerlas son demasiado tentadoras como para no sucumbir y proporcionar algo, aun a sabiendas de que es una falacia. Son bastantes los ejemplos de esta situación, uno común en el ámbito marino es el desarrollo de la herramienta Ecopath (25), una ilusión de precisión en la gestión ecosistémica. Ecopath muestra una representación visual simplificada mediante «cajas» que agrupan diversas especies, como delfines, cangrejos, medusas, fitoplancton, tortugas, zooplancton, especies de interés comercial, etc. Cuando se muestra a un gestor que necesita tomar decisiones sobre el medio natural, esta representación transmite la falsa impresión de que es posible simular con precisión el comportamiento individual de cada componente del ecosistema. Sin embargo, desde una perspectiva heurística, el modelo Ecopath presenta limitaciones muy significativas. Se basa en ecuaciones deterministas que asumen un equilibrio de masas entre los compartimentos, en una asunción que nunca se da en los ecosistemas marinos. Su implementación implica que se conocen las variables de estado, las ecuaciones y los parámetros con precisión, lo cual es falso y anula su fiabilidad. Ante estas evidencias, se han desarrollado modificaciones que son inconsistentes con el planteamiento inicial, como desarrollar evolución en el tiempo (Ecosim) o variabilidad en el espacio (Ecospace), en una evolución que habría hecho las delicias de Imre Lakatos al describir el paradigma de programa que está en fase degenerativa y desarrolla un cinturón extravagante de elementos para proteger su núcleo.
Resulta difícil saber la cantidad total de financiación que se ha invertido en Ecopath, probablemente está en el orden de los cientos de millones de euros bajo el delirio de que Ecopath permite determinar con precisión la reacción de los ecosistemas a las acciones humanas. Es, desde luego, una cantidad muy superior a la que recibió el programa espacial de Nkoloso bajo el delirio de que andar sobre las manos resuelve todo lo necesario para habitar Marte. Cabe, sin embargo, preguntarse, que programa produjo mas retornos a sus sociedades.
De laberinto a camino
La ciencia es una actividad humana que incorpora las virtudes y defectos de los seres humanos. En su relación con la sociedad, el mundo académico debe cuidar la higiene de su propia dinámica para hacer efectivo su enorme potencial. La ciencia es cara y es una inversión que no está justificada si no es útil a la sociedad que la financia porque la academia decide enrocarse en su propio mundo, en una carrera absurda por abultar unos artículos científicos que a menudo sólo leen tres personas: el autor, el revisor y el editor (26). El foco debe ser la generación de conocimiento, no de artículos, y que este conocimiento se comparta con la sociedad con la ayuda de brókers científicos si es necesario.
Estos brókers también pueden ayudar a la sociedad civil a tener una relación saludable con el mundo académico. Nadie quiere estar sometido a la presión social que provocó la locura en Semelweis. Newton y Darwin tardaron décadas en publicar “Principia” y “El Origen de las Especies”, dos de las principales obras en la historia de la ciencia que estuvieron a punto de perderse por miedo a esta presión. Nadie quiere perder su trabajo por estudiar el cambio climático o desarrollar vacunas, como está ocurriendo con la administración Trump. Tarde o temprano, los científicos, singularmente los que analizan ecosistemas, producen evidencia que desafía intereses económicos, sociales o políticos. Es un choque que a menudo es inevitable y ante el que conviene recordar, porque el rigor de la ciencia es incompatible con compromisos acomodaticios, las palabras de Churchill a Chamberlain tras la reunión que este mantuvo con Hitler en 1938: «Se os dio a elegir entre el deshonor y la guerra. Elegisteis el deshonor, y ahora tendréis deshonor y guerra».
La misma ciencia que ha duplicado la esperanza de vida del ser humano en el último siglo también aporta a menudo evidencia innegable que se impone sobre nuestros deseos de una realidad distinta. Sin importar cuántos recursos económicos se destinen a contradecirla ni cuánta acritud se vierta sobre la comunidad científica, la Tierra seguirá siendo esférica y girará alrededor del Sol, el cambio climático avanzará de manera inexorable, la actividad humana daña la biodiversidad de los ecosistemas, el hombre y el chimpancé tienen un antecesor común y la sangre continuará circulando incansablemente por nuestras venas. Más allá de nuestras esperanzas o temores, llegará inevitablemente el momento en que nuestro Sol será una gigante roja que engullirá nuestro planeta, poniendo fin no sólo a nuestra civilización, sino también a nuestra historia, a nuestra cultura, y a esa extraordinaria capacidad humana para amar y comprender. Una sociedad madura debe aceptar que esto no es así por deseo del científico sino porque así es el universo.
Javier Tomás Ruiz Segura es doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad de Málaga.
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