Ciencia en Sociedad presenta una nueva conversación de la serie Encuentros con Científicos, protagonizada por Eduardo Costas, Catedrático de Genética de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid y Académico Correspondiente de la Real Academia Nacional de Farmacia, y Francisco Uría, Director General del Instituto Español de Banca y Finanzas.
La conversación aborda una cuestión tan sugerente como decisiva para comprender el pasado: cómo los avances de la genética, la secuenciación del ADN y el análisis de isótopos estables están cambiando la forma de estudiar la historia. A partir del caso de Roma y de la presencia romana en distintos territorios del Mediterráneo, Eduardo Costas y Francisco Uría reflexionan sobre el modo en que la ciencia permite contrastar, matizar o incluso revisar algunos de los relatos históricos tradicionalmente aceptados.
El punto de partida de la conversación es la idea de que el desarrollo de la genética ha abierto una nueva vía para estudiar a las poblaciones humanas del pasado. La secuenciación del ADN, que hace apenas unas décadas requería proyectos científicos extraordinariamente costosos, se ha abaratado y extendido hasta el punto de permitir análisis cada vez más precisos sobre el origen, la movilidad y la composición genética de antiguas poblaciones. A ello se suma el estudio de los isótopos estables, que permite obtener información sobre la alimentación, las condiciones de vida y los movimientos de los individuos a partir de restos arqueológicos.
Desde esta perspectiva, Eduardo Costas explica cómo la genética permite aproximarse a la historia de una forma distinta a la basada exclusivamente en documentos escritos, crónicas o interpretaciones culturales. Los restos humanos conservan información que no depende de los relatos transmitidos por vencedores, élites políticas o tradiciones posteriores. El ADN puede mostrar quiénes llegaron a un territorio, qué mezclas se produjeron, qué linajes desaparecieron y cuáles permanecieron. En ese sentido, la genética no sustituye a la historia, pero sí la complementa con una fuente de información nueva y difícilmente manipulable.
Uno de los aspectos más interesantes de la conversación es la posibilidad de distinguir entre líneas de ascendencia masculina y femenina. A través del cromosoma Y y del ADN mitocondrial, la genética permite reconstruir, con cautela, dinámicas históricas diferenciadas entre hombres y mujeres. En el caso de la península itálica, Costas alude a la llegada de cazadores-recolectores, agricultores procedentes del Creciente Fértil y poblaciones de la estepa, así como a los procesos de mezcla, sustitución y continuidad que marcaron la formación genética de las poblaciones que acabarían dando lugar al mundo romano.
A partir de ahí, la conversación se adentra en una cuestión especialmente sugerente: la relación entre movimientos de población y cambios culturales o políticos. La presencia genética de población griega en los momentos previos al desarrollo republicano de Roma sirve como punto de partida para plantear una hipótesis: hasta qué punto la llegada de grupos procedentes de culturas políticas distintas pudo influir en la evolución institucional romana. Francisco Uría subraya que se trata de una interpretación necesariamente prudente, pero reconoce que, si esa población ocupaba posiciones sociales relevantes —por ejemplo, como comerciantes, artesanos o grupos con mayor formación—, su influencia cultural y política pudo haber sido significativa.
La conversación también aborda la transformación de Roma durante el periodo imperial. El análisis genético muestra una creciente diversidad de orígenes, con aportaciones relevantes procedentes de Asia Menor y otras zonas del Mediterráneo. Uría vincula este fenómeno con la propia condición de Roma como centro de poder, riqueza y oportunidad. Como ocurre con las grandes ciudades en distintos momentos históricos, Roma atrajo población de territorios muy diversos: personas que buscaban mejorar sus condiciones de vida, grupos desplazados por guerras, sequías o hambrunas, comerciantes, élites provinciales y también población esclavizada procedente de distintos puntos del Imperio.
El diálogo permite introducir una reflexión de gran actualidad: los movimientos de población rara vez responden a una única causa. En muchas ocasiones, las migraciones históricas no fueron el resultado de una voluntad abstracta de desplazamiento, sino de circunstancias extremas, crisis económicas, conflictos, necesidades de supervivencia o búsqueda de oportunidades. La genética, en combinación con la historia y la arqueología, ayuda a observar estos procesos desde una perspectiva menos simplificada.
Otro de los temas tratados es la llamada caída del Imperio Romano. La conversación cuestiona la imagen de una ruptura inmediata y repentina, para plantear más bien un proceso gradual, en el que las poblaciones germánicas y otros grupos fueron ganando presencia e influencia en los territorios del Imperio mucho antes de su desaparición política formal. Uría recuerda que Roma incorporó durante largo tiempo a pueblos germánicos como aliados, soldados o mercenarios, y que muchos habitantes del Imperio probablemente no percibieron de forma inmediata el cambio histórico que más tarde se describiría como la caída de Roma.
El caso de Hispania y del sur de España ofrece otro ejemplo de cómo la genética puede matizar el relato histórico. Costas señala que la presencia genética procedente de la península itálica en determinadas zonas de Hispania pudo ser menor de lo que a veces se imagina, mientras que parte de la huella genética romana habría llegado más tarde a través del norte de África, tras siglos de romanización de aquellos territorios. Uría relaciona esta idea con la necesidad de distinguir entre conquista política, romanización cultural y transformación genética. Muchas veces, los cambios de poder no implicaron una sustitución masiva de población, sino la adaptación de comunidades ya existentes a nuevas estructuras políticas, religiosas o culturales.
La conversación insiste en una idea fundamental: la historia de la humanidad está todavía abierta a revisión. No porque todo relato histórico sea falso, sino porque nuevas herramientas científicas permiten contrastar hipótesis, corregir visiones heredadas y comprender mejor la complejidad de los procesos humanos. La genética, la arqueología, el análisis de restos materiales, la numismática o la geoquímica aportan datos que ayudan a reconstruir con mayor precisión aquello que durante siglos dependió de fuentes incompletas o interesadas.
En el tramo final, Eduardo Costas y Francisco Uría reflexionan también sobre la alimentación, la agricultura y la salud pública en Roma. Figuras como Columela o Galeno permiten recordar que el sostenimiento de una gran ciudad como Roma exigía conocimientos técnicos, organización logística y una comprensión práctica de la producción de alimentos, el abastecimiento y la vida urbana. Alimentar a una población cercana al millón de habitantes era un desafío político, económico y social de primer orden, estrechamente vinculado al control de territorios productores de cereal como Sicilia o Egipto.
La conversación concluye con una reflexión compartida sobre la necesidad de diálogo entre ciencia y humanidades. Los avances científicos no eliminan la interpretación histórica, pero proporcionan datos que permiten formular mejores preguntas y revisar relatos establecidos. Del mismo modo, la historia aporta contexto, significado y prudencia a los resultados científicos, evitando interpretaciones mecánicas o reduccionistas.
Con esta nueva entrega de Encuentros con Científicos, Ciencia en Sociedad ofrece una conversación que muestra cómo la genética se ha convertido en una herramienta imprescindible para comprender el pasado. Una invitación a mirar la historia no como un relato cerrado, sino como un campo vivo de investigación en el que la ciencia puede iluminar, con nuevos datos, algunas de las grandes preguntas sobre el origen, la movilidad y la evolución de las sociedades humanas.





