Introducción
Los PFAS (sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas), conocidos como “contaminantes eternos”, se han convertido en una de las cuestiones ambientales y regulatorias más relevantes de nuestro tiempo. Su amplia utilización en productos de uso cotidiano, su extraordinaria persistencia en el medio ambiente y la creciente evidencia sobre sus efectos en la salud y los ecosistemas los han situado en el centro del debate científico, jurídico y económico. Con el objetivo de analizar este desafío desde una perspectiva multidisciplinar, Ciencia en Sociedad de la Fundación Fide celebró la primera sesión del ciclo dedicada a los PFAS, moderada por José Antonio Parada López, magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Galicia. En el encuentro participaron Joaquín Lozano Liaño, asociado de Cuatrecasas y especialista en derecho administrativo, ambiental y regulatorio, y Guillermo Orellana Moraleda, catedrático del Departamento de Química Orgánica de la Universidad Complutense de Madrid. A lo largo de la sesión, los expertos abordaron la dimensión científica y jurídica de estas sustancias, analizando su presencia en el medio ambiente, sus implicaciones para la salud y los principales retos asociados a su detección, control y regulación.
Grabación de la sesión
Resumen ejecutivo
Los PFAS (sustancias perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas) constituyen una amplia familia de compuestos sintéticos caracterizados por la presencia de enlaces carbono-flúor, considerados entre los más fuertes de la química orgánica.
Esta característica les confiere propiedades extraordinarias: son resistentes al calor, al agua, a las grasas, a los productos químicos y a la degradación biológica. Precisamente estas propiedades explican su enorme éxito industrial desde mediados del siglo XX y su presencia en una gran variedad de productos cotidianos, desde textiles técnicos, espumas contra incendios y componentes electrónicos hasta envases alimentarios, pinturas, cosméticos o recubrimientos antiadherentes. Sin embargo, la misma estabilidad que los hace tan útiles es también la causa principal de su peligrosidad ambiental. Los PFAS apenas se degradan en la naturaleza, pueden persistir durante décadas o incluso siglos y acumularse progresivamente en ecosistemas y organismos vivos, lo que les ha valido el nombre de “contaminantes eternos”.
Una contaminación omnipresente
Durante la sesión se puso de manifiesto que los PFAS pueden encontrarse prácticamente en todos los compartimentos ambientales: aguas superficiales y subterráneas, suelos, sedimentos, aire, alimentos e incluso en el organismo humano. Las principales vías de entrada al medio ambiente incluyen vertidos industriales, el uso de espumas contra incendios, los residuos de productos que contienen PFAS, los lixiviados de vertederos y las aguas residuales urbanas. Una vez liberados, estas sustancias pueden incorporarse a las cadenas alimentarias y llegar a las personas a través del agua potable, los alimentos, la inhalación de polvo o, potencialmente, mediante contacto dérmico.
Uno de los datos más llamativos expuestos durante el encuentro fue que diversos estudios indican que más del 99 % de la población mundial presenta alguna cantidad de PFAS en sangre, reflejando la enorme extensión de estas sustancias a escala global.
Efectos sobre la salud
La evidencia científica disponible ha permitido establecer asociaciones entre la exposición a determinados PFAS y diversos efectos adversos sobre la salud. Entre los efectos mejor documentados se encuentran el aumento de los niveles de colesterol, alteraciones hepáticas, disminución de la respuesta inmunitaria, hipertensión durante el embarazo y reducciones en el peso al nacer. Algunos compuestos concretos, como el ácido perfluorooctanoico (PFOA), han sido clasificados como cancerígenos por su relación con determinados tipos de cáncer, entre ellos el de riñón y testículo. Los ponentes recordaron, no obstante, que el conocimiento científico continúa evolucionando y que todavía existe una enorme cantidad de compuestos PFAS cuya toxicidad no ha sido completamente caracterizada.
Detectar cantidades ínfimas
Uno de los grandes desafíos científicos es la detección de estas sustancias en las concentraciones extremadamente bajas en que se encuentran. La normativa europea exige controlar niveles del orden de nanogramos por litro en aguas de consumo, cantidades tan pequeñas que requieren técnicas analíticas altamente sofisticadas. Para ello se emplean métodos de cromatografía líquida acoplada a la espectrometría de masas, capaces de separar, identificar y cuantificar los distintos PFAS presentes en una muestra. La dificultad analítica aumenta debido a la enorme diversidad de sustancias incluidas dentro de esta familia química y a la necesidad de garantizar resultados fiables incluso en concentraciones cercanas a los límites de detección.
¿Cómo pueden eliminarse?
La eliminación de PFAS constituye otro de los grandes retos actuales. Durante la sesión se revisaron las principales tecnologías disponibles para reducir su presencia en el agua, entre ellas el carbón activo, la ósmosis inversa y las resinas de intercambio iónico.
Sin embargo, los ponentes insistieron en que estas tecnologías generalmente no destruyen las moléculas, sino que las concentran o las retiran del medio, lo que obliga posteriormente a gestionar adecuadamente los residuos generados. En la actualidad, la destrucción mediante incineración controlada se considera una de las opciones más eficaces para evitar que vuelvan al medio ambiente.
Una regulación cada vez más exigente
La segunda parte de la sesión estuvo dedicada al marco regulatorio europeo, que está evolucionando rápidamente para responder a los riesgos asociados a los PFAS.
Se analizaron dos instrumentos fundamentales: el Reglamento sobre Contaminantes Orgánicos Persistentes (POPs), derivado del Convenio de Estocolmo, y el Reglamento REACH, que regula el registro, evaluación y restricción de sustancias químicas en la Unión Europea. Algunos PFAS especialmente preocupantes, como el PFOS, el PFOA y el PFHxS, ya han sido incorporados al régimen de contaminantes orgánicos persistentes y están sujetos a restricciones muy severas. Paralelamente, la Unión Europea continúa ampliando las limitaciones aplicables a otros PFAS y estudia nuevas restricciones de alcance mucho mayor.
La sesión también abordó los límites establecidos para PFAS en alimentos, aguas de consumo humano y aguas superficiales y subterráneas, así como las nuevas obligaciones que recaerán sobre operadores económicos, industrias, suministradores de agua y administraciones públicas.
Un desafío que exige ciencia, regulación e innovación
Como conclusión, los ponentes coincidieron en que los PFAS representan uno de los ejemplos más claros de cómo los avances tecnológicos pueden generar beneficios extraordinarios y, al mismo tiempo, plantear importantes desafíos ambientales y sanitarios.
Frente a esta realidad, se destacó la necesidad de avanzar simultáneamente en cuatro grandes líneas de actuación: mejorar el conocimiento científico y los sistemas de monitorización, restringir progresivamente los usos que generan mayores riesgos, desarrollar tecnologías eficaces de remediación y consolidar marcos regulatorios capaces de proteger la salud y el medio ambiente, sin perder de vista las implicaciones económicas y sociales de la transición hacia alternativas más seguras.
La sesión puso de manifiesto que la gestión de los PFAS no es únicamente un problema químico o ambiental, sino también un reto jurídico, económico y de gobernanza que marcará buena parte de las políticas públicas y estrategias empresariales en los próximos años.





