En el marco de Ciencia en Sociedad, una iniciativa impulsada por Fide para acercar la ciencia al derecho y la economía, Juan Espinosa, socio fundador de Silverback Advocacy, entrevista a Antonio Rodríguez Artalejo, catedrático de Farmacología en la Universidad Complutense de Madrid y presidente de la Sociedad Española de Farmacología. El encuentro trata las relaciones de la ciencia con varios actores influyentes de la sociedad, su prestigio, su necesidad y cómo puede servir de herramienta en el futuro para abordar los problemas que afronta la sociedad.
En esta conversación se reflexiona sobre el papel de la ciencia en la sociedad, particularmente en su relación con la administración pública, la regulación normativa y la respuesta a grandes desafíos sociales. La ciencia ha obtenido desde hace ya mucho tiempo un gran reconocimiento por parte de la sociedad en general y como consecuencia los científicos son una de las profesiones más valoradas. El COVID dio un espaldarazo al valor social de la ciencia y las AAPP y los reguladores comparten el reconocimiento de la importancia de la ciencia. Cualquier norma inspirada por el conocimiento científico lleva aparejada la calidad y el prestigio, que es lo que la sociedad demanda de las normas y las leyes, el acierto regulatorio. Hay una simbiosis, los reguladores se benefician del conocimiento científico y los científicos ven el fruto de su actividad reflejada en normas.
Con este éxito en mente es fácil pensar en llevar esta experiencia a otros campos como pueden ser la protección del menor o la elaboración de políticas sociales. Además, surge en la conversación el avance tecnológico y los riesgos que conllevan las nuevas herramientas de neuro tecnología e inteligencia artificial.
Mirando hacia la pandemia de la COVID-19, se valora su impacto como punto de inflexión que permitió a la sociedad percibir de forma clara y directa el valor de la ciencia. Dos elementos clave fueron el desarrollo acelerado de vacunas, gracias a décadas previas de investigación básica, y la identificación rápida de tratamientos eficaces como los corticoides. Se reconoce el papel esencial que jugó la cooperación internacional, especialmente dentro de Europa, así como el esfuerzo del sistema sanitario para adaptarse y responder con resiliencia. A pesar de las controversias públicas y políticas que han rodeado la gestión de la pandemia, se destaca que en la «trastienda» de la administración sí se han implementado mejoras tangibles, como el refuerzo de la autonomía estratégica en la producción de medicamentos o la modernización de los sistemas de vigilancia epidemiológica.
El conocimiento científico no solo mejora la calidad técnica de las decisiones públicas, sino que también refuerza su legitimidad social. A medida que los desafíos se vuelven más complejos y las herramientas tecnológicas más sofisticadas, resulta imprescindible fortalecer los lazos entre ciencia, regulación y acción política. Aprovechar esta sinergia permitirá anticipar riesgos, diseñar respuestas más eficaces y construir políticas públicas más sólidas, justas y sostenibles.





